lunes, 5 de abril de 2010

Cherchez les femmes!

Cherchez les femmes!

FERNANDO VALLESPÍN 02/04/2010

1. Más de medio millar de mujeres de África, Europa y Latinoamérica se reúnen en Valencia para hablar de los problemas de las mujeres en el mundo de hoy, y el protagonista del encuentro para un importante grupo de nuestros medios de comunicación es un hombre, Francisco Camps. La protesta de Rita Barberá porque el presidente de la Generalitat no fue invitado al encuentro acaba mereciendo casi más atención que todo lo demás.

Los conservadores temen que la igualdad derrumbe las pautas de dominación patriarcales y masculinas

2. Bibiana Aído presenta el plan para implantar como troncales los estudios de género en la universidad española, y se le echan encima, con su habitual histrionismo, los tertulianos y otros vociferantes de la derechona. Que la ministra se limitara a acatar una de las premisas del Plan de Bolonia, además de la propia Ley de Igualdad, y que dichos estudios estuvieran ya incorporados desde hace décadas en las mejores universidades del mundo, en particular las estadounidenses, no importa lo más mínimo.

3. Cuando esa misma ministra llama la atención sobre la escasa presencia de mujeres en los consejos de administración de las empresas, y propone establecer una bolsa de mujeres capacitadas para acceder a ellos, algunos de los comentarios más jugosos al respecto hablan de casting de mujeres empresarias, y esos mismos medios y tertulianos se despachan a gusto, entre chascarrillos e indignación, en contra del proyecto. Que la media de mujeres en dichos consejos no pase del 8% o 9% debe ser una mera anécdota ante la cual no es oportuno intervenir.

Esto no es más que una breve muestra de lo que podría ser un elenco de casos sin fin. Por eso no deja de ser grotesco que Esperanza Aguirre, que junto a Rita Barberá y a las dos abogadas del Estado del PP son lo más granado de la presencia femenina de este partido, se despachara el otro día diciendo que "la igualdad ya se ha consagrado". O que el Ministerio de Igualdad debería llamarse de "Igual-da". O que ironice con la creación de una "consejería de la bondad y el amor". No creo que les pareciera muy divertido a tantas mujeres que sufren la violencia machista; ni a aquellas que obtienen un salario menor por hacer el mismo trabajo que sus compañeros varones; ni a las que, además de su empleo, cargan con las labores del hogar; ni a las que deben soportar el acoso sexual o mobbing laboral; ni a las que acaban estrellándose con impotencia contra el techo de cristal.

Confieso que en su día no di la suficiente importancia a la existencia de un Ministerio de Igualdad, pero a la vista de las reacciones de la derecha ante cada uno de sus pasos me convenzo cada vez más de la necesidad de que ciertos temas puedan acceder directamente al Consejo de Ministros.

Con todo, lo que merece una reflexión en profundidad son las causas de la animadversión más o menos explícita contra el feminismo de importantes sectores de la derecha. Seguramente obedece a que se trata de uno de los pocos movimientos que aún se toman en serio el ideal de la emancipación. Y no sólo la de la mujer. En países como Estados Unidos y algunos europeos, el feminismo ha ido siempre más allá de la liberación sexual de la mujer o de su igualdad con respecto al hombre. Siempre supo verse como una punta de lanza de una sociedad distinta. La admirable Michelle Bachelet explicó con claridad al manifestar en el encuentro de Valencia que "cuando una mujer entra en política cambia la mujer, pero cuando muchas mujeres entran en política cambia la política". Esto es precisamente lo que teme el conservadurismo, que la igualdad no se quede en una mera igualdad de derechos y poco a poco acabe derrumbando las pautas de dominación de la sociedad patriarcal y masculina.

Se dirá que el feminismo institucional es otra cosa, que se limita a promocionar a golpe de BOE la corrección política y las políticas de discriminación positiva. O que sólo sirve para vestir una ideología de izquierdas desprovista ya de muchas de sus señas de identidad. No parece verlo así la mayoría de los ciudadanos españoles. Tal y como muestra el barómetro del CIS del mes de marzo, el acuerdo con la mayoría de las iniciativas en este campo del Gobierno de Zapatero cuenta con un consenso amplio. Yo les rogaría, además, que se tomaran la molestia de leer las respuestas cruzándolas por sexo (http://datos.cis.es/pdf/Es2831sd_A.pdf).

Busquen a las mujeres, oigan su voz y verán que ellas, las más afectadas, sí lo tienen claro.

Dar nombre 'al problema que no tiene nombre'

Dar nombre 'al problema que no tiene nombre'

Con la crisis, el 90% de las mujeres ha dejado de buscar empleo. ¿Es hora de una nueva mística de la feminidad?

CELIA AMORÓS 03/04/2010

La colección Feminismos de la editorial Cátedra ha celebrado en el Círculo de Bellas Artes, con una inusitada presencia de público, la edición del número 100. Significativamente, la publicación a la que corresponde este número tan redondo es la emblemática obra de Betty Friedan, La mística de la feminidad. Este libro, que contribuyó de forma decisiva a la emergencia de la llamada "segunda ola" del feminismo, fue publicado en Estados Unidos en 1963 y ha conocido sucesivas reediciones y traducciones en diversos idiomas. Su influencia sobre la orientación de las vidas de las mujeres puede ser comparada a la que en su día (1949) ejerció otro libro clásico, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.

Clásico es lo que sobrevive al paso del tiempo. Pero, además, ha de contener claves fundamentales para entender el nuestro. La cabal autocomprensión por parte del movimiento feminista de sus señas de identidad pasa por cultivar la reflexión y el diálogo con sus hitos clásicos. Y esta adecuada autocomprensión es fundamental para que sean comprendidos nuestros proyectos y lograr cada vez más consenso fuera de los medios militantes feministas.

Betty Friedan supo dar nombre a lo que en su momento histórico se llegó a denominar "el problema que no tiene nombre" de las mujeres. Este problema hacía referencia a un insidioso malestar que experimentaban de forma cada vez más aguda las amas de casa estadounidenses de clase media que vivían en los barrios residenciales. Estas mujeres no ejercían ninguna profesión ni trabajo extradoméstico, pero se habían beneficiado del acceso a los estudios que había hecho posible para ellas la lucha sufragista de la anterior generación. Padecían, de acuerdo con las conclusiones de Friedan después de un minucioso trabajo de periodismo de investigación, una "crisis de identidad". No se reconocían en el retrato de madre y esposa feliz, directora gerente de un hogar lleno de electrodomésticos, a la que ya no se podía llamar "fregona". Toda una orquestación, desde las revistas femeninas hasta los consultores matrimoniales, los anuncios televisivos, los fabricantes de electrodomésticos, los psiquiatras freudianos y otros tantos "expertos", se orientó a la elaboración de "la mística de la feminidad", el nombre que acuñó Betty Friedan para "el problema que no tiene nombre". El cultivo de esta mística apartaba a las mujeres de todo aquello que se puede considerar como lo genéricamente humano: la relación con el mundo y sus problemas, la realización de un proyecto personal, las experiencias de un trabajo que genera alguna sensación de autonomía. Lo genéricamente humano resulta ser masculino. Ya decía Simone de Beauvoir que había dos clases de seres: las mujeres y las personas. Y cuando las mujeres pretendían ser personas, entonces se las tildaba de masculinas.

La historia se repite. Tras los avances conseguidos por las mujeres en la segunda ola, se produjo una orquestación similar en torno al feminismo como culpable de las desgracias de las mujeres. La peor de ellas: no tener un hombre. El fantasma de la amarga soledad. Susan Faludi reconstruyó lúcidamente este discurso en su obra Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna (1991). Hemos seguido adelante, pero nos inquieta el dato de que entre quienes han dejado de buscar empleo en nuestra crisis el 90% son mujeres. ¿Es posible todavía una nueva versión de La mística de la feminidad?

del blog de Gemma Lienas

Oficina Virtual para denunciar los grupos que incitan al odio


Movimiento contra la Intolerancia ha creado una Oficina Virtual para denunciar todos los delitos de odio que se cometen en Internet.

La oficina canalizará a las Fiscalías de delitos de odio y discriminación en Barcelona, Madrid y Audiencia Nacional las denuncias que hagan las personas por incitación en Internet al odio, discriminación y violencia por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión, situación familiar, pertenencia a una etnia, origen nacional, sexo y orientación sexual o cualquier otro motivo discriminatorio.

Así que todas las actuaciones de los Mandefender aseverando que las mujeres en España estamos haciendo totalitarismo feminista, que las mujeres todas hacen denuncias falsas de malos tratos, que el SAP existe, que las feministas somos feminazis, etc.. podéis denunciarlas en el siguiente mail:

denunciamci@gmail.com

A muchos de todos estos grupos intolerantes con la equidad, la igualdad y la democracia los encontrareis en Facebook.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LOS NECIOS

ELVIRA LINDO

24/03/2010

Las mujeres de mi generación tuvimos la suerte de presenciar cómo se ampliaron los derechos de nuestras madres con la llegada de la democracia hasta convertirlas en ciudadanas mayores de edad. A nadie le cabe la menor duda de que, en comparación con la consideración social que ellas merecían, hijas, nietas y bisnietas gozamos de una situación muchísimo más ventajosa. Conozco muchos hombres, algunos amigos incluso, que habiendo llegado a este punto dan por cerrada la aspiración de la mujer a una igualdad real. Percibo ahora (con más fuerza tal vez porque paso temporadas fuera de España) una reacción feroz hacia la presencia de las mujeres en la vida pública. Es una misoginia transversal, que va de izquierda a derecha, y que consiste en añadir un plus de desprecio, cachondeíto y virulencia a cualquier crítica.

En estos días hablaba con otras mujeres profesionales. Ninguna de ellas, a lo largo de su vida laboral, se ha librado de ser definida con el célebre adjetivo, "mal follada". En cuanto una mujer muestra un carácter fuerte se atribuye su firmeza a la insatisfacción sexual. Es un clásico. Pero nadie quiere reconocer que hay un fondo de misoginia en el trato paternalista y faltón que tantas veces se percibe en los medios. Nadie está dispuesto a admitir que en la forma en que se contempla a las mujeres (sea desde una sección cultural o política) hay a menudo una actitud arrogante. E intuyo que las mujeres lo admitimos en silencio para que no se nos endilgue otro adjetivo también frecuente, "amargadas". Hay quien ha entendido la igualdad como una gran oportunidad para faltar el respeto a las mujeres y que camufla su mala educación atribuyéndose una especie de rebeldía contra la corrección política.

Nada mejor que un hombre que te trate de igual a igual sin dejar de ser un caballero. Sólo los necios son incapaces de entenderlo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Soy feminista por Florence Thomas

Florence Thomas

Nunca he declarado la guerra a los hombres; no declaro la guerra a nadie, cambio la vida: soy feminista. No soy ni amargada ni insatisfecha: me gusta el humor, la risa, pero sé también compartir los duelos de las miles de mujeres víctimas de violencia: soy feminista. Me gusta con locura la libertad más no el libertinaje: soy feminista.

No soy pro-abortista, soy pro-opción porque conozco a las mujeres y creo en su enorme responsabilidad: soy feminista. No soy lesbiana, y si lo fuera ¿cuál sería el problema? Soy feminista. Sí, soy feminista porque no quiero morir indignada. Soy feminista y defenderé hasta donde puedo hacerlo a las mujeres, a su derecho a una vida libre de violencias.

Soy feminista porque creo que hoy día el feminismo representa uno de los últimos humanismos en esta tierra desolada y porque he apostado a un mundo mixto hecho de hombres y mujeres que no tienen la misma manera de habitar el mundo, de interpretarlo y de actuar sobre él.

Soy feminista porque me gusta provocar debates desde donde puedo hacerlo. Soy feminista para mover ideas y poner a circular conceptos; para deconstruir viejos discursos y narrativas, para desmontar mitos y estereotipos, derrumbar roles prescritos e imaginarios prestados.


Soy feminista para defender también a los sujetos inesperados y su reconocimiento como sujetos/as de derecho, para gays, lesbianas y transgeneristas, para ancianos y ancianas, para niños y niñas, para indígenas y afrodescendientes y para todas las mujeres que no quieren parir un solo hijo más para la guerra.

Soy feminista y escribo para las mujeres que no tienen voces, para todas las mujeres, desde sus incontestables semejanzas y sus evidentes diferencias. Soy feminista porque el feminismo es un movimiento que me permite pensar también en nuestras hermanas afganas, ruandesas, croatas, iraníes, que me permite pensar en las niñas africanas cuyo clítoris ha sido extirpado, en todas las mujeres que son obligadas a cubrirse de velos, en todas las mujeres del mundo maltratadas, víctimas de abusos, violadas y en todas las que han pagado con su vida esta peste mundial llamada misoginia. Sí, soy feminista para que podamos oír otras voces, para aprender a escribir el guión humano desde la complejidad, la diversidad y la pluralidad.

Soy feminista para mover la razón e impedir que se fosilice en un discurso estéril al amor. Soy feminista para reconciliar razón y emoción y participar humildemente en la construcción de sujetos sentipensantes como los llama Eduardo Galeano. Soy feminista y defiendo una epistemología que acepte la complejidad, las ambigüedades, las incertidumbres y la sospecha.

Sé hoy que no existe verdad única, Historia con H mayúscula, ni Sujeto universal. Existen verdades, relatos y contingencias; existen, al lado de la historia oficial tradicionalmente escrita por los hombres, historias no oficiales, historias de las vidas privadas, historias de vida que nos enseñan tanto sobre la otra cara del mundo, tal vez su cara más humana.

En fin soy feminista tratando de atravesar críticamente una moral patriarcal de las exclusiones, de los exilios, de las orfandades y de las guerras, una moral que nos gobierna desde hace siglos. Trato de ser feminista en el contexto de una modernidad que cumple por fin sus promesas para todos y todas.

Como dice Gilles Deleuze "siempre se escribe para dar vida, para liberarla cuando se encuentra prisionera, para trazar líneas de huida". Sí, trato de trazar para las mujeres de este país líneas de huida que pasen por la utopía. Porque creo que un día existirá en el mundo entero un lugar para las mujeres, para sus palabras, sus voces, sus reivindicaciones, sus desequilibrios, sus desórdenes, sus afirmaciones en cuanto seres equivalentes políticamente a los hombres y diferentes existencialmente. Un día, no muy lejano, espero, dejaremos de atraer e inquietar a los hombres; dejaremos de escindirnos en madres o putas, en Marías o Evas, imágenes que alimentaron durante siglos los imaginarios patriarcales; habremos aprendido a realizar alianzas entre lo que representa María y lo que significa Eva. Habremos aprendido a ser mujeres, simplemente mujeres. Ni santas, ni brujas; ni putas, ni vírgenes; ni sumisas, ni histéricas, sino mujeres, resignificando ese concepto, llenándolo de múltiples contenidos capaces de reflejar novedosas prácticas de sí que nuestra revolución nos entregó; mujeres que no necesiten más ni amos, ni maridos, sino nuevos compañeros dispuestos a intentar reconciliarse con ellas desde el reconocimiento imprescindible de la soledad y la necesidad imperiosa del amor.

Por esto repito tantas veces que ser mujer hoy es romper con los viejos modelos esperados para nosotras, es no reconocerse en lo ya pensado para nosotras, es extraviarse como lo expresaba tan bellamente esta feminista italiana Alessandra Bocchetti. Sí, no reconocerse en lo ya pensado para nosotras. Por esto soy una extraviada, soy feminista. Y lo soy con el derecho también a equivocarme.

Florence Thomas
Cofundadora del grupo Mujer y Sociedad

Facultad De Ciencias Humanas
Universidad Nacional De Colombia

TODA LA VIDA TRABAJANDO



Toda la vida trabajando

ÁNGELES CASO

Hacia 1670, la ciudad de Florencia realizó un censo de población. Los pliegos minuciosos de ese catálogo ofrecen un dato que, observado desde los estereotipos de nuestra mentalidad, resulta sorprendente: el 73% de las mujeres de más de 12 años trabajaba.

Las mujeres, aunque no en las profesiones prestigiosas y bien remuneradas, han trabajado siempre

Más asombrosa aún parece la lista de oficios que desempeñaban, según consta en ese censo y en otros muchos realizados a lo largo de los siglos en las ciudades europeas: esas trabajadoras no eran sólo criadas, bordadoras o costureras, siguiendo la tradición que asocia a las mujeres a las tareas que emanan del ámbito doméstico.

En el París de finales del XIII, por ejemplo, las mujeres participaban en 86 de las 100 profesiones mencionadas en el famoso Livre des métiers (Libro de los oficios). En el siglo XV, el sector de la construcción de Würtzburg estaba dominado por ellas (2.500 jornaleras de albañilería y carpintería frente a 750 jornaleros), y en otras muchas ciudades era habitual la presencia de muchachas fuertes y vivaces golpeando en las forjas o conduciendo las carretas.

La idea de que las mujeres han permanecido durante toda la historia recluidas en sus casas, cuidando devotamente de sus hijos y maridos y ocupándose de la comida y la limpieza, no deja de ser una visión errónea difundida por los patriarcales historiadores del siglo XIX, partidarios como buenos burgueses del mito del "ángel del hogar". Ese mito, que triunfó como ideal de las clases medias alentadas por el capitalismo, fue mantenido durante décadas por una historiografía de visión limitada, que centró su interés casi en exclusiva en los grupos dominantes, es decir, los poderosos y los ricos, y de entre ellos, preferentemente, los varones.

Por supuesto que las damas privilegiadas no trabajaban: las manos finas y suaves, no alteradas por ninguna actividad que significase esfuerzo, fueron siempre símbolo del esplendor familiar. Pero la inmensa mayoría de la población, a lo largo de los siglos, no ha sido ni rica ni poderosa. Y ahí las mujeres trabajaron siempre, por deseo y costumbre y también por necesidad.

Sabemos que en el campo -donde han vivido la mayor parte de los europeos hasta tiempos recientes-, las mujeres se han esforzado tanto como sus maridos. Pero también en las ciudades han ejercido toda clase de profesiones. En la sociedad pre-industrial, donde la producción se basaba en células familiares, a menudo compartían el oficio con sus padres y esposos. Eran taberneras y hosteleras, buhoneras y vendedoras. Eran artesanas de todo tipo. Costureras y orfebres, sombrereras y zapateras. Hilanderas y tejedoras. Lavanderas y planchadoras. Actrices, cantantes y bailarinas. Curanderas y parteras. Celestinas y prostitutas. Y criadas por millones, formando auténticos ejércitos de niñas y mujeres que nutrieron durante siglos -y aún lo hacen- los escalones más bajos del servicio doméstico.

La Revolución Industrial transformó desde mediados del siglo XIX los modos económicos tanto como la sociedad. Las familias dejaron de ser los núcleos básicos de producción y los centros de trabajo se desplazaron lejos de los hogares, obligando a muchas mujeres a elegir -cuando se podían permitir elegir- entre ganar dinero o quedarse a cuidar de los niños y ancianos. Infinidad de jóvenes y adultas desprotegidas se vieron obligadas a trabajar en peores condiciones que nunca, ocupando los puestos menos remunerados de las oficinas, los grandes almacenes y las fábricas. ¿Acaso no conmemoramos hoy, en el Día de la Mujer, la muerte de 140 trabajadoras a principios del siglo XX, durante el incendio provocado de una fábrica textil de Nueva York? ¿Qué hacían esas mujeres trabajando? ¿Por qué no estaban en sus casas, como muchos historiadores y el tópico tan extendido quieren?

No es cierto, como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida, deslomándose sobre las huertas y en los establos, quedándose ciegas ante los paños que bordaban para otras, despellejándose las manos en el agua helada, deshaciéndoseles la columna bajo el peso de las cestas cargadas de productos de los que ellas nunca gozarían.

Y todo eso, por supuesto, a cambio de mucho menos dinero que los hombres: como ejemplo con validez universal, el de las albañiles de Würtzburg, que ganaban una media de 7,7 peniques, frente a los 11,6 de sus compañeros varones.

Y, a la vez, obligadas a mantenerse alejadas durante siglos de la sabiduría y el poder, de las profesiones prestigiosas y bien remuneradas: el nacimiento a finales del siglo XI de las primeras universidades europeas, controladas a lo largo de mucho tiempo por la siempre misógina Iglesia, empujó sin miramientos a todo el sexo femenino al extrarradio económico e intelectual de la sociedad, condenándolo a ocupar sus rangos ínfimos o a optar por una odiosa dependencia.

Ése es el camino que hemos recorrido, decidida y firmemente, en las últimas décadas, el de la notoriedad profesional. Pero de trabajar, lo que es de trabajar, que no nos hablen, que de eso sabemos mucho desde siempre.

Ángeles Caso, licenciada en Historia del Arte y escritora.

domingo, 28 de febrero de 2010

y luego hablan de libre eleccion...


El 92% de las prostitutas son extranjeras y la mayoría está en manos de redes de trata

MADRID, 24 Feb. (EUROPA PRESS) -

El 92 por ciento de las mujeres que ejercen la prostitución en España son extranjeras y la mayoría está en manos de redes de tratas de blancas, por lo que sufren unas secuelas físicas y psicológicas similares a las de las personas sometidas a torturas, según estudios realizados por Médicos del Mundo y otras ONG.

Éstas fueran algunas de las conclusiones presentadas hoy en el 25 aniversario de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de la Mujer Prostituta (APRAMP), en las que participó la directora y fundadora de la organización, Rocío Nieto; la directora del Instituto de la Mujer, Laura Seara; la directora general de la Mujer de la Comunidad de Madrid, María José Pérez-Cejuela y la delegada del Área de Gobierno de Familia y Servicios Sociales del Ayuntamiento madrileño, Concepción Dancausa.

En una época en la que la trata de mujeres con fines de explotación sexual y la prostitución eran cuestiones alejadas de la agenda pública y de la sensibilidad social, APRAMP se acercó a esas mujeres, las atendió y las acompañó en sus procesos de reinserción. Un trabajo que hoy siguen realizando con la misma dedicación, junto a otra labor que resulta cada vez más urgente: la sensibilización de la sociedad.

En declaraciones a Europa Press durante la conmemoración del 25 aniversario de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de la Mujer Prostituida (APRAMP), Seara expresó la necesidad de que toda la sociedad entienda que en "más del 90 por ciento" de los casos, la prostitución la ejercen mujeres que han sido traficadas.

En su opinión, este mensaje "debe calar" para que los medios "empiecen a plantearse" retirar sus anuncios de prostitución, un asunto que "forma parte de un debate que se abrirá tarde o temprano" y que "es posible, porque muchos ya lo han conseguido", explicó en declaraciones a Europa Press.

Por su parte, Nieto destacó que la unidad móvil de APRAMP que atiende a las víctimas de trata a cualquier hora y en cualquier punto de la ciudad, realizó 90 asistencias en 1990, frente a las más de 2.700 practicadas el año pasado.

Según dijo, las características de las mujeres atendidas también han variado: si en 1983 el 83 por ciento de las víctimas atendidas por la organización eran españolas, el porcentaje se redujo al 54 por ciento en 1994 y al 8 por ciento en 2009, cuando prácticamente todas las personas que acudieron a la organización para salir de las redes de explotación eran de origen extranjero, con 34 nacionalidades registradas.

Además, Nieto apuntó que las víctimas cada vez son más jóvenes, pues si en 1985 "la mayoría" tenía ya los 50, en 2009 "el porcentaje mayor" es el de mujeres entre los 18 y los 25 años de edad. Asimismo, se ha producido "un aumento significativo" del número de víctimas menores de edad o que acaban de cumplir los 18.

Por otro lado, María José Pérez-Cejuela puso el acento en que todas las iniciativas legales, penales o sociales que se adopten para combatir la trata tengan "una dimensión transnacional" porque se trata de un delito que no entiende de fronteras y contra el que deben estar "todos los Estados armonizando políticas".


"VÍCTIMAS QUE HAY QUE AYUDAR, NO PERSEGUIR"

Por su parte, Dancausa indicó que las meretrices "son víctimas a las que hay que ayudar, no perseguir", al tiempo que incidió en la importancia de la celebración, que supone un fuerte compromiso de la asociación APRAMP con la atención a la mujer prostituida y el trabajo que ha realizado para superar muchos obstáculos y afrontar numerosos retos. "Lo han hecho siempre con la convicción de que el esfuerzo valía la pena, y por eso hoy tienen, tenemos, muchos logros que celebrar", dijo.

"El objetivo debe ser ofrecer a estas mujeres una alternativa de vida, la posibilidad de integrarse, social y laboralmente, en la sociedad. Es el criterio con el que trabajamos desde hace años en el Ayuntamiento de Madrid: las mujeres prostituidas son víctimas a las que hay que ayudar, no perseguir. Por eso hemos optado por colocarnos a su lado, para hacer más fácil su proceso de recuperación e inserción social y laboral", indicó.

Según explicó, la política del Ayuntamiento en este sentido se ha ordenado en torno a tres estrategias básicas: ofrecer atención especializada y alternativas a las personas que ejercen la prostitución; dificultar las condiciones de acceso a los clientes y concienciar a los ciudadanos.

Dancausa señaló que como APRAMP, el Ayuntamiento de Madrid también fue pionero entre las Administraciones Públicas de España a la hora de abordar la explotación sexual. "Desde 2004 hemos creado dispositivos de atención integral de carácter público. Realizamos campañas de sensibilización social frente a la explotación sexual y ponemos de relieve que la demanda es un factor determinante en el incremento de la trata de mujeres", indicó.